| Enciendes una célula viva |
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Roma 1978Si, al pasar por ciertas ciudades, miras a tu alrededor, quedas desanimado y tienes la impresión de que todavía estamos lejos de una sociedad cristiana. El mundo, con sus vanidades, parece dominarlo todo… Y dirías que el testamento de Jesús es una utopía si no pensases en Él, que también vio un mundo como éste y que, en el momento culminante de su vida, pareció arrollado por él y vencido por el mal. También Jesús miraba a esta multitud a la que amaba como a sí mismo; Él, Dios, que la había creado; y hubiera querido restablecer los vínculos que tenían que unir a los hijos con el Padre y a los hermanos entre sí. Había venido para recomponer la familia: hacer de todos, uno. En cambio, a pesar de sus palabras de fuego y de verdad, que quemaban la hojarasca de las vanidades y descubrían lo eterno que hay en el hombre, la gente, mucha gente, aun comprendiéndolo, no quería entender y seguía con los ojos apagados, porque tenía el alma a oscuras. Todo esto porque los había creado libres. Él, bajado del cielo a la tierra, podía redimirlos a todos con una sola mirada. Pero, ya que estaban hechos a imagen y semejanza de Dios, tenía que dejarles la alegría de una conquista libre. Veía al mundo tal como lo vemos nosotros; pero Él no dudaba. Oraba de noche al cielo en lo alto. Oraba de noche al cielo en lo alto, y al cielo que tenía dentro de Él: el Ser verdadero, el Todo concreto; mientras fuera, por las calles, caminaba la nada que pasa. También nosotros tenemos que hacer como Él y no desvincularnos de lo Eterno, del Increado, que es raíz de todo lo creado, y creer en la victoria final de la luz sobre las tinieblas. Pasar por el mundo sin querer mirarlo. Mirar al cielo, que está también dentro de nosotros, y aferrarnos a lo que tiene existencia y valor. Hacerse una sola cosa con la Trinidad que mora en el alma iluminándola de luz eterna. Entonces advertirás que miras al mundo y a las cosas con ojos que ya no están apagados. Pero ya no eres tú quien los mira; es Cristo quien mira en ti y quien vuelve a encontrar ciegos a los que hay que iluminar, mudos a los que hay que devolver el habla y tullidos a los que hay que hacer caminar. Ciegos a la visión de Dios dentro y fuera de ellos; tullidos inmovilizados porque no conocen la voluntad divina que, desde el fondo de su corazón, les impulsa al movimiento eterno que es el eterno amor. Ves y descubres tu misma luz en ellos; tu verdadero yo, la verdadera realidad de tu ser, que es Cristo, en ellos; y, después de encontrarlo, te unes a Él en el hermano. Así enciendes una célula del cuerpo de Cristo, célula viva, hogar de Dios, que tiene el fuego y la luz para comunicar a los demás. Es Dios el que de dos hace uno, y se coloca tercero como relación entre ellos: Jesús entre ellos. Entonces el amor circula y, como un río arrollador, lleva espontáneamente consigo todo lo que los dos poseen: los bienes materiales y espirituales. Y esto es un testimonio concreto y externo del amor unitivo y verdadero. Pero hay que tener el valor de no contar demasiado con otros medios si queremos avivar un poco el cristianismo. En necesario que Dios viva en nosotros y que rebose en los demás, como un chorro de vida que reaviva a los aletargados. Y tenerlo vivo entre nosotros, amándonos. Entonces todo se revoluciona a nuestro alrededor: política y arte, escuela y trabajo, vida privada y diversiones. Todo. Jesús es el Hombre perfecto que resume en sí a todos los hombres y toda la verdad. Quien ha encontrado a este Hombre, ha encontrado la solución de todo problema. Chiara Lubich Escritos Espirituales/2. Lo esencial de hoy,Roma 1978 |
| Sábado 21 de Enero de 2012 08:00 |









