El descubrimiento de Dios Amor

De una entrevista a Chiara Lubich de la periodista inglesa Sandra Hoggett (Rocca di Papa, 18 de abril de 2002). 

 (…)

Sandra: ¿Podría decirme cuándo sintió por primera vez este inmenso amor por Dios?

Chiara: Siempre he tenido una fe fuerte, nací con la fe, y junto a la fe, estaba también el amor por Dios. Pero lo conocía un poco como todos: lejano, quizá más allá de las estrellas, así. Mientras, en cambio, el momento fulminante fue a los 23 años, cuando comenzó a funcionar este carisma. Allí las cosas fueron así: daba clases en un pequeño orfanato, y un día pasó un sacerdote por allí; me había visto quizá rezar en la Iglesia, no lo sé, y me hizo salir del aula y me dijo: “Señorita, ¿puede ofrecer a Dios una hora de su tiempo para mi ministerio?” Yo, delante de un sacerdote tenía tal fe en Dios, en la Iglesia, que dije: “Incluso toda la jornada”. Y él quedó impresionado e hizo que me arrodillara y me dijo: “Dios la ama inmensamente”. Y yo creí, era como si Dios me lo dijera a través de esta figura.

Recuerdo que desde ese momento Dios, al que antes advertía, sí en el sagrario pero también lejano, lo sentí cercano, y vi que todas las circunstancias son guiadas por Él; que es realmente Aquél que guía la historia grande y la pequeña historia de cada uno de nosotros; que Él es amor y detrás de todo está el amor, que todo es amor, incluso aquello que alguna vez se presenta como negativo, porque Dios lo permite para un bien mayor. Naturalmente lo permite para aquellos que creen en Él Amor.
Y recuerdo que por la fuerte impresión de este “Dios te ama inmensamente”, yo lo dije a todos: lo dije a mis compañeras, a mi madre, escribí cartas a mi hermano y a mis hermanas. Y así nacieron también mis primeras amigas, porque yo decía: “Sabes, Dios te ama…” “Dios nos ama, Dios nos ama inmensamente”. Hemos creído en el amor. Tanto que estábamos en la guerra, podíamos morir de un momento a otro, y nosotras dijimos: “Si muriésemos, querríamos ser sepultadas en una única tumba con un letrero: “hemos creído en el Amor”.
Y así, mientras que antes nuestra vida estaba casi como cubierta por un sentido de orfandad, después encontramos al Padre, encontramos a Dios, y fue allí donde comenzó nuestra revolución cristiana.
Por otra parte, el kerigma, es decir, el anuncio en nuestra Iglesia, de nuestra fe es justamente: “Dios te ama, Dios ama al hombre. En efecto, por amor te ha creado, por amor ha mandado a su Hijo a morir por ti, por amor te prepara una eternidad de felicidad; por amor”. Por lo tanto, el Espíritu Santo, que sabía como se anuncia, nos lo anunció en el modo justo.

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