Discurso durante el encuentro del Santo Padre con los Movimientos eclesiales
Plaza de S. Pedro, 30.05.1998
Beatísimo Padre, tengo que exponerle mi testimonio sobre el Movimiento de los Focolares u Obra de María.Pero, ya que usted conoce muy bien, desde hace décadas, esta realidad eclesial, permita que la considere partiendo de su corazón, que la mire con sus ojos.
Usted ha reconocido que el amor es la “chispa inspiradora” de todo lo que se hace con el nombre Focolar. Y es así realmente, Santo Padre. El amor es la fuerza de nuestro Movimiento. Ser amor y difundirlo es el objetivo general de la Obra de María. Llevar una invasión de amor al mundo es a lo que precisamente está llamada.
Es más, Santidad, usted -citando otros Movimientos espirituales de la historia- ha afirmado que en esta Obra encuentra un “radicalismo del amor”.
¿Acaso podría ser de otra manera cuando la mirada de todos los que forman parte del Movimiento está siempre fija, como modelo suyo, en Jesús crucificado, cuando grita su abandono? El amor más radical se encuentra justamente allí, donde se da el culmen de su sufrimiento.
Él -que abandonado por el Padre, en él de nuevo se abandona; que sintiéndose desunido del Padre, con él se reúne- es nuestro secreto para recomponer en unidad cada división, cada separación, en todas partes.
En otra ocasión me tomé la libertad de preguntarle, Santo Padre, como ve a nuestro Movimiento, cuál es su finalidad. Y usted me respondió sin titubear (subrayando nuestro objetivo específico “ut omnes unum sint”): “Ecuménico”, dando a este adjetivo el sentido más amplio.
Y es cierto. Para poder alcanzar nuestro objetivo: “Que todos sean uno”, nos caracterizan cuatro diálogos:
El diálogo dentro de nuestra Iglesia entre las personas, los grupos, Movimientos, etc. Ese diálogo refuerza también la unidad de los fieles con sus Pastores y entre ellos.
Luego, el diálogo con los cristianos no católicos, que quiere contribuir a la completa comunión entre las distintas Iglesias.
El diálogo interreligioso, que teje relaciones con los fieles de las diferentes religiones.
Y, por último, el diálogo con los hombres sin un referente religioso preciso, pero de buena voluntad.
Además, Santo Padre, nadie podrá borrar de nuestro corazón la valoración que usted hizo de nuestro Movimiento durante aquella memorable visita a nuestro Centro de Rocca di Papa, en agosto de 1984.
Fue después de que los miembros del Consejo de la Obra le expusieran su función al servicio específico de las 17 ramas del Movimiento, que reúnen todo tipo de vocación laica y religiosa; le describieran los distintos aspectos de esta Obra (espiritual, apostólico, cultural y otros); le hablaran de las 4 secretarías para los diálogos; a continuación usted afirmó que en este Movimiento veía la fisonomía de la Iglesia postconciliar: “Vosotros deseáis seguir -dijo- de una manera auténtica esa visión de la Iglesia, esa autodefinición que la Iglesia ha dado de sí misma en el Concilio Vaticano II” .
Y nuestra alegría fue inmensa.
Además, en otras ocasiones, conociendo la consistencia y la difusión mundial de este Movimiento, usted ha exclamado: “¡Sois un pueblo!”.
Sí, Santo Padre, somos un pueblo, un pequeño pueblo, una porción del gran pueblo de Dios.
Y sobre todo cuando nuestros jóvenes le han comunicado el deseo de contribuir a que la humanidad sea una única familia; es más, que soñaban y trabajaban en favor de un mundo unido, usted siempre los ha comprendido y apoyado en este ideal, que para muchos parecía utópico.
Y muchas veces nos ha hablado de María.
Una de ellas, inolvidable, fue cuando quiso explicarme el “principio mariano” de la Iglesia, en relación con el principio petrino. “Principio mariano” del que también nuestro Movimiento puede ser una expresión.
Ese día usted seguramente no sabía que en nuestros Estatutos está escrito que la Obra de María “desea ser una presencia de María en la tierra y casi una continuación suya”.
Gracias, Santo Padre, por todas las confirmaciones que nos ha dado a lo largo del tiempo.
Y para concluir, una promesa.
Sabemos que la Iglesia desea la comunión plena entre los Movimientos, su unidad que, por otra parte, ya ha comenzado.
Pero nosotros queremos asegurarle, Santidad, que siendo nuestro carisma específico la unidad, nos comprometemos con todas nuestras fuerzas a contribuir a realizarla plenamente.
Que María, que usted tanto ama, lo recompense como merece por todo lo que ha hecho por los Movimientos: es una de las obras maestras de su Pontificado.
Chiara Lubich

