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Santificarnos como Iglesia

Como es fácil constatar, entre los cristianos se está abriendo camino el deseo profundo, la urgencia diría yo, de servir a la Iglesia, Pero no tanto y no sólo de una manera externa y material, sino de un modo distinto, más en consonancia con su fe, más esencial.

Se nota que, especialmente entre los laicos, el modo de hacerse santo tal como se concebía hasta ahora e salgo que no satisface; es más, se considera superado. El estilo de santidad del cristiano de hoy va más allá de una perfección buscada individualmente. Y se expresa muchas veces así: queremos hacernos santos juntos, deseamos una santidad colectiva.

Así es como se van formando aquí y allá grupos d cristianos comprometidos que tienden a Dios unidos.

Pues bien, nos parece que es Dios quien quiere esto, siempre que todo ello tenga una dimensión amplia, un alcance eclesial y la unida amorosa con la jerarquía.

El rostro de la Iglesia, transparente de luz aquí, ofuscado de sombras allá, tiene que reflejarse en cada cristiano, en cada grupo de cristianos. Eso significa que no sólo tenemos que sentir como nuestras todas las alegrías de la Iglesia, sus esperanzas, sus brotes y renuevos, sus conquistas, sino, principalmente, todos sus dolores: el dolos de la falta de comunión plena entre las Iglesias; el dolor lacerante de situaciones penosas, de controversias negativas, de la amenaza misma de demoler tesoros seculares; el dolor angustioso de los muchos que reniegan o no aceptan el mensaje que Dios anuncia al mundo para su salvación.

En todas estas angustias, sobre todo en las espirituales, la Iglesia que sufre aparece como el Crucificado de nuestro tiempo que grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Hace tiempo estuve en el monte Alverna. Allí medité sobre el don excepcional de los estigmas que Dios otorgó a Francisco de Asís como sello de su imitación de Cristo, de su ser cristiano.

Pensé que todos los cristianos verdaderos tendrían que ser personas “estigmatizadas”, no en un sentido extraordinario y externo, sino espiritual.

Y me pareció comprender que los estigmas del cristiano de hoy son precisamente las misteriosas pero reales llagas de la Iglesia de hoy.
Si la caridad de Cristo no está en nosotros tan dilatada como para sentir el dolor de estas llagas, no somos como Dios nos quiere hoy.

En este tiempo no es suficiente una santidad sólo individual. Ni siquiera una santidad comunitaria pero cerrada. Se requiere sentir en nosotros los sentimientos de dolor, y también de gozo, que Cristo siente hoy en su Esposa.

Es necesario santificarnos como Iglesia.

(Chiara Lubich, La doctrina espiritual, Ciudad Nueva 2005, p.157)

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