Todo aquel que se declare a favor mío delante ...
Comentario a la Palabra de Vida:
Todo aquel que se declare a favor mío delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos (Mt 10,32-33).
Estas palabras nos dan un gran consuelo y nos sirven de estímulo a todos los cristianos.
Con ellas, Jesús nos exhorta a vivir con coherencia nuestra fe en Él, ya que nuestro destino eterno depende de la actitud que tengamos con Él durante nuestra vida en la tierra.
Si lo hemos reconocido ante los hombres –dice–, le daremos motivos para que nos reconozca ante su Padre; si, por el contrario, lo hemos negado ante los hombres, Él también nos negará ante el Padre.
Todo aquel que se declare a favor mío delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos.
Jesús se refiere al premio o al castigo que nos esperan después de esta vida porque nos ama. Él sabe, como dice un Padre de la Iglesia, que a veces el temor a un castigo es más eficaz que una bonita promesa. Por eso alienta en nosotros la esperanza de la felicidad sin fin y al mismo tiempo suscita en nosotros el temor a la condena, con tal de salvarnos.
Lo que le interesa es que lleguemos a vivir con Dios para siempre. Por otra parte, es lo único que cuenta; es el fin por el que se nos ha dado la existencia: en efecto, sólo con Él alcanzaremos nuestra completa realización como personas y la satisfacción de todas nuestras aspiraciones.
Por eso Jesús nos exhorta a «reconocerlo» ya desde aquí abajo. En cambio, si durante esta vida no queremos tener nada que ver con Él, si ahora lo negamos, cuando tengamos que pasar a la otra vida nos encontraremos separados de Él para siempre.
Al final de nuestro camino en la tierra, Jesús no hará más que confirmar ante el Padre la opción que cada uno haya hecho aquí, con todas sus consecuencias. Y al referirse al juicio final, nos muestra toda la importancia y seriedad de la decisión que tomemos aquí abajo, pues está en juego nuestra eternidad.
Todo aquel que se declare a favor mío delante de los demás, yo también me declararé a favor suyo delante de mi Padre que está en los cielos. Y, al contrario, si alguien me niega delante de los demás, yo también lo negaré a él delante de mi Padre que está en los cielos.
¿Cómo sacar provecho de esta advertencia de Jesús? ¿Cómo vivir esta Palabra suya?
Él mismo dice: «Todo aquel que se declare…».
Decidámonos, entonces, a reconocerlo ante los hombres con sencillez y franqueza, venciendo el qué dirán, evitando la mediocridad y las componendas, para no vaciar de autenticidad nuestra vida como cristianos.
Recordemos que estamos llamados a dar testimonio de Cristo: a través de nosotros Él quiere llegar a todos los hombres con su mensaje de paz, de justicia y de amor.
Demos testimonio de Él allí donde nos encontremos por motivos de familia, de trabajo, de amistad, de estudio, o por distintas circunstancias de la vida.
Demos este testimonio ante todo con nuestro comportamiento, llevando una vida honesta, con pureza de costumbres, sin apegarnos al dinero, participando en las alegrías y sufrimientos de los demás.
Démoslo de manera especial con nuestro amor recíproco, con nuestra unidad, de forma que la paz y la alegría pura que Jesús prometió a quien estuviera unido a Él, inunden nuestra alma ya en la tierra y rebosen sobre los demás.
Y a quien nos pregunte por qué nos comportamos así, por qué estamos tan serenos en un mundo tan atormentado, respondamos sin miedo, con humildad y serenidad, las palabras que el Espíritu Santo nos sugiera, dando así testimonio de Cristo con la palabra, también en el plano de las ideas.
Entonces, quizá muchos de los que lo buscan puedan encontrarlo. Otras veces nos podrán malinterpretar, contradecir, podremos ser objeto de escarnio, o quizá de aversión o persecución. Pero Jesús también nos advirtió de esto: «Como me han perseguido a mí, os perseguirán a vosotros también» (Jn 15, 20).
Querrá decir que vamos por buen camino. Por eso, continuemos dando testimonio de Él con valor, aun en medio de pruebas, incluso con nuestra vida, como merece la meta que nos espera: el Cielo, donde Jesús, a quien amamos, nos reconocerá ante su Padre por toda la eternidad.
Chiara Lubich

