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El texto que aquí traemos fue publicado como Editorial en el periódico Città Nuova del 10 de mayo de 1970, pocos meses después del sorprendente desembarque en la luna de tres astronautas en julio de 1969. En la visión propia que tiene Chiara Lubich del mundo, centrada en la unidad, ciencia y fe se llaman mutuamente: la ciencia es un camino para ir hacia Dios, mientras que la fe puede y debe dar una aportación a la ciencia. Escribiendo en el difícil contexto eclesial que siguió al Concilio Vaticano II, Chiara parte de la experiencia de los astronautas para introducirnos en una comprensión humano-divina de la Iglesia y de su estructura.
Roma, 10 de mayo 1970
No es verdad que ciencia y fe caminen cada una por su cuenta. La fe ilumina la ciencia y la ciencia puede ayudar a la fe. En efecto, tanto la una como la otra buscan un único objetivo: la verdad, que para la una será esa verdad más trascendente e invisible que rige todo lo creado, y para la otra, la verdad visible que no lleva a cabo completamente su misión si no descubre la causa de todo.
Poco después de la primera aventura de los astronautas , se dijo que la ciencia está asumiendo avances tan desconcertantes y da al hombre posibilidades tan extraordinarias, que puede convertirse en un talismán, frente al cual hay quien lo adora y quien se asusta. Pero se dijo también que es necesario volver a poner en su justo lugar la ciencia, a pesar de ser excelsa y admirable, y verla entre otras cosas, como fruto del esfuerzo de pobres hombres que pueden acertar pero que también pueden equivocarse. Podríamos compararla con el sol concentrado en una lente; es muy distinto el sol en la lente que el sol en la realidad. Sin embargo, la lente es un espejo vivo del sol.
Así es la inteligencia humana, que, en número cada vez mayor, asume las leyes diseminadas en la creación. En cierto modo puede abarcar toda la creación. Pero una cosa es lo que el pensamiento considera y razona sobre la creación y otra distinta lo que la creación es. De todos modos, las leyes de la creación son algo objetivo y, por tanto, verdadero. Y lo verdadero reconduce a la verdad absoluta de Dios. En la «Pontificia Academia de las Ciencias», el Papa dijo que Dios quiere que se le busque y se le encuentre también a través de la ciencia, aunque se mantenga la autonomía entre el saber humano y la fe. Sin embargo, si se piensa que el hombre es una síntesis del cosmos y que ha sido definido en el pasado un microcosmos, y si se medita en el hecho de que Dios, la Verdad absoluta, se ha hecho hombre en Cristo, Hombre-Dios, fe y ciencia se unen. También por ello, creo que el Concilio Vaticano II no dudó en afirmar que fe y ciencia pueden ser integradas en la unidad del espíritu humano. En efecto, estamos convencidos de que, si la exploración de la creación avanza al mismo paso que el estudio sobre Cristo, la ciencia tendrá revelaciones inimaginables, y la fe, de reflejo, podrá encontrar en el universo, continuamente redescubierto, una nueva y más profunda comprensión del misterio. Lo cierto es que, si pudiésemos ver más allá del velo de la creación, encontraríamos a Aquel que ordena, mueve y sostiene todo lo que vemos. Veríamos tal adhesión, tal proximidad, tal unidad, aun manteniendo la distinción entre la creación y lo Increado, que quedaríamos sorprendidos. Los místicos han tenido frecuentemente intuiciones o visiones intelectuales de algo que nosotros, hombres normales, no podemos ver. Si bien los ojos observan distinta y separadamente la flor, el cielo, el manantial, el sol, la luna, el mar, la noche y el día, ellos sin embargo han visto con mayor evidencia una luz amorosa que lo rige todo y todo lo une entre sí, como si la creación fuese un único canto de amor. Como si rocas y nieve, prados y estrellas estuviesen, en lo más profundo de su ser, tan fundidos con esa luz y entre ellos que resultasen creados el uno como don para el otro, casi enamorados los unos de los otros. Se puede pensar que éste sea el caso de la mente inflamada de amor de Francisco de Asís y la causa más profunda del Cántico de las criaturas surgido de su corazón. Cuando él llama hermano al sol y hermana al agua , no dice sólo algo poético o sentimental, sino que afirma una verdad que él intuyó y que puede dar una aportación a la ciencia: capta la unidad existente en todo el universo. Y al descubrir al Creador de todas las cosas, que es Padre de cada, una aunque de distinto modo, él las ve a todas emparentadas entre sí. Pero también científicos llenos de fe han contribuido a una mayor comprensión de la Revelación. Un ejemplo típico sigue siendo Galileo Galilei. Sus descubrimientos aclaran que la Escritura, en las cosas científicas, no debe ser interpretada tal como se expresa literalmente; es que necesariamente tenía que ser comprensible a las personas de aquel tiempo. En los siglos de oro del pensamiento católico, la teología y la ciencia estaban estrechamente unidas, aunque a menudo se daba el peligro de que la teología limitase la libertad científica. Por estos motivos, la ciencia, frente a una teología que no estaba abierta al humanismo cristiano, se consideró en contradicción con ella y tomó un camino propio. Ahora esperamos que esté comenzando una época en la que la filosofía, la teología y la ciencia vayan convergiendo. Lo deseamos con todo el corazón; saldría ganando la gloria de Dios y también la de los hombres. Escribe precisamente Maritain: «El problema de la época en la que estamos entrando será la reconciliación entre la ciencia y la sabiduría... en una unidad que respete la distinción» . Por ahora, la misma ciencia de hoy, con sus recientes empresas de los vuelos espaciales, nos puede iluminar en algo que toca el campo de la teología; su contenido humano, sobre todo, nos puede hacer reflexionar en algunos misterios de la Iglesia que se han puesto de manifiesto en nuestros tiempos. Para ir a la luna y luego poder regresar con éxito, los astronautas han tenido que observar escrupulosamente distintas medidas, mantenerse en determinadas posiciones. Dos cosas llaman la atención incluso al hombre más profano: la exigencia de un grandísimo entendimiento entre ellos, y una perfecta adhesión, obediencia, dependencia y unidad con la base, en la tierra, donde científicos y técnicos están preparados y obligados a dar lo que los astronautas no tienen y no saben. Uno de los frutos más bellos del Concilio Vaticano I, que ha querido estudiar el verdadero rostro de la Iglesia, ha sido mostrárnosla no sólo en su perfecta unidad, sino también en su variedad. El haber aprobado y alentado el justo pluralismo, es signo de madurez y presagia estudios insospechados que pondrán de manifiesto la belleza característica que cada Iglesia local encierra. La variedad, naturalmente, es posible sólo en la unidad, como en Dios la Trinidad subsiste en la unidad. Ahora bien, para que las Iglesias locales puedan cumplir su propia misión en la Iglesia universal lo más eficazmente posible, por el bien de la humanidad, Cristo demanda una doble actitud. La primera es la unidad, la comunión, la cohesión sobrenatural y humana entre los miembros de la propia Iglesia local. El Papa, deseando que el laicado católico sea hoy como Dios quiere, dijo en un discurso a la Conferencia Episcopal Italiana: «Entonces la Iglesia verá tiempos nuevos; se verá a sí misma plasmada según la primitiva tradición cristiana...; verá su estructura interna fortalecida con la concordia fraterna y con la caridad activa; verá que su irradiación en el mundo se hace más amplia y benéfica» . En definitiva, el Papa prevé un regreso al testimonio de «un solo corazón y un alma sola» que dieron los primeros cristianos. La segunda actitud que las Iglesias locales deben tener es la unidad con la base: Pedro. En este tiempo en el que se ha puesto de relieve la autenticidad y el alcance de la colegialidad, no hay que olvidar que sólo a una persona le ha dicho Jesús: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» . El papa es, en efecto, «principio visible y fundamento de la unidad, tanto de los obispos como de la multitud de los fieles» . Si para volar por el espacio, sin comprometer toda la empresa, es necesario no salirse de una trayectoria precisa determinada por la base, también las Iglesias, para poder llevar a los hombres al Reino de los Cielos, tienen que permanecer en el camino mostrado por Cristo: la unidad con el papa. Las Iglesias locales no pueden eximirse de preguntar humildemente al sucesor de Pedro –del mismo modo que el astronauta lo hacía con la base de Houston-: «¿Cómo vamos?». Y es el papa quien tiene el carisma para decir si están o no en el camino justo. Esta dúplice actitud de profunda unión de los miembros entre sí y con Roma hace que, por el misterio del Cuerpo místico, organizado a la manera de la Santísima Trinidad, en cada lugar donde haya una Iglesia, allí esté la Iglesia. Y si esto vale para las Iglesias, instituidas por Cristo sobre el fundamento de los apóstoles, tanto más para cualquier grupo espontáneo o movimiento que haya surgido o surja entre los fieles. Si actuamos así, observaremos inmersos en una floreciente primavera universal, que también en el más insignificante rincón habitado por cristianos se verificará lo que dijo san Buenaventura: «donde dos o tres están reunidos en el nombre de Cristo, allí está la Iglesia» .
Chiara Lubich
Transcripción
1 El 21/7/1969 los dos americanos Armstrong y Aldrin desembarcaron en la Luna, en el «Mar de la tranquilidad». 2 Cf. S. Francisco de Asís, El cántico de las criaturas 3 Cf. J. Maritain, Ciencia y sabiduría 4 Insegnamenti di Paolo VI, VIII, 1970, p. 300. 5 Mt 16, 18. 6 Lumen gentium, 23. 7 Cf. S. Buenaventura, Coll. in Hex., I, 5, Florencia 1934, p. 2.; Cf. también Tertuliano, De exhort., cast., 7: PL 2, 971. |