Roma, Hotel rgife, 3 de junio de 1984
"Usted dijo esta mañana que a menudo el trabajo reviste hoy un carácter alienante provocando frustración e insatisfacción. ¿Por qué?”
Porque, como dije, hay muchos motivos para ello, sobre todo en este período que estamos atravesando, en esta época especial en la que cada uno hace –en el mundo industrializado- su pedacito y no ve el resultado de sus manos, de su inteligencia, de su creatividad.
Pues bien, me parece que un forma de salir de esta situación puede ser ésta: todos tendríamos que ser tan ‘uno’ entre nosotros: todos los obreros entre ellos pero también con sus patrones, con los demás...; ser tan ‘uno’ en cada lugar de trabajo, que se sienta propio el fruto del trabajo; no sólo los frutos económicos que se obtienen y que deberían ser compartidos, etc., sino también ese determinado producto creado en esa fábrica y que cada obrero tendría que sentir como suyo propio.
Ahora bien, conozco ambientes en los que se vive de este modo y se trabaja así, aún haciendo de forma repetitiva una pieza tras otra, pero hay un entusiasmo tal por lo que la fabriquita o la fábrica produce, que se concluye: pero si este problema se puede resolver en pequeña dimensión, ¿por qué no se puede realizar a mayor escala? Claro que son ambientes cristianos estos que menciono. ( ... )
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